El otro día fuimos a cenar a casa de unos amigos, los cuales podemos agrupar en la clasificación de restaurantes, no profesionales, pero bueno tampoco puede uno quejarse porque son no remunerados.

La capacidad amatoria de un amigo se mide por el grado de tiempo que ha tenido que dedicar a descifrar la receta, a comprar los ingredientes que salen en la foto de la misma y elaborarlo, y suele ser inversamente proporcional a lo que tardan sus comensales en hacerlos desaparecer.

El otro día estuve en la casita con los colores retro de estos amigos, que me rellenaron un gran pez, llamado científicamente “Merluccius merluccius,” para pedírselo a la pescadera, (mejor usar nombre de pila: Merluza), rellena con exquisito jamón de Tierra de barros y gambas, esos pequeños crustáceos, recubierta por una fina capa de mayonesa y todo ello horneado a no más de 180º pues no conviene introducir al pobre pez a mayor temperatura porque puede sufrir daños irreversibles y no dejarse comer posteriormente, adueñarse de tu fregadero y después, si se hace fuerte y se alía con los chipirones en su tinta, quedarte inutilizable la bañera (suelen disfrutar más en piscinas de olas, pero no tendrán ningún problema en adaptarse a vivir en tu plato de ducha, con tal de sobrevivir).

Una vez superado estos problemas de convivencia, lo mejor es relajarse en el chef-long, que como todo el mundo sabe es el sitio del chef, y disfrutar con él de un delicioso ron, servido en baso ancho y largo, como la amistad que esperas tener siempre con ellos.

Cocinero Invitado